El Museo y la dama colorada: entre el arte abstracto y buscar un empleo
Tengo miedo. Estoy
parado en el pasillo, esperando a que sea el turno para que me realicen mi
primera entrevista laboral. Es de esos días en los cuales uno no tiene ganas de
salir a ningún lado: tormentoso, con un viento que pareciera que te da vuelta
todo; pero estoy porque verdaderamente necesito el laburo. Durante todo el
tiempo que pasó hasta poco antes de llegar acá, fui descartando la mayoría de ofertas
de empleo que había recibido. No quería trabajar en comercios de dudosa
reputación, ni en empresas donde no estipularan que se recibiría un sueldo en
blanco, ni tampoco para el emprendimiento de mi familia porque ya no quería
depender de ellos. Quería algo que fuera acorde a mis títulos universitarios en
arte y/o en comunicación.
Después de descartar
un montón de las ofertas de empleo recibidas, me quedaron solamente tres
posibles. Una consistía en formar parte del equipo de comunicación de una
compañía de alimentos baratos, de esos que se encuentran en el supermercado y
parecen de segunda. La otra era de gerente en una pequeña empresa familiar de
venta de electrodomésticos, una de las pocas pymes que aún le compiten a las
grandes corporaciones. Y la tercera, que fue la que más me interesó, buscaba un
encargado que formara parte del equipo de comunicación de un Museo de Artes de
la ciudad; donde podía unir mis dos intereses y las dos carreras que cursé.
Como prioridad, elegí
presentarme a la entrevista en el Museo.
Me interesa mucho el puesto, pero dicho trabajo no es cosa fácil de conseguir;
ya que al lado mío, postulándose a lo mismo, está una compañera de escuela, amiga
de muchos años y también exnovia (“ex” por temas que no hablaré en este
cuento). Se trata de Aldana, la más inteligente de la clase durante toda la secundaria,
además tiene un título en arte y es egresada de la misma Universidad que yo,
aunque en la facultad nunca coincidimos en ninguna comisión. Ella siempre se
viste con diferentes tonos de rojo: claros y oscuros (en esta ocasión lleva un
vestido rojo y negro cuya combinación parece mezclarse y fusionarse constantemente).
En la escuela usaba cuadernos rojos. A la entrevista llevó un portafolio rojo que
contiene todas sus anotaciones… En definitiva, no importan los detalles, claramente
es amante de llevar todo el tiempo algo colorado y se nota que ha sido su color
favorito desde siempre. No por nada la apodaban «la dama colorada».
Y no me caben dudas
de que tiene interés en este museo porque, si algo no le falta o mejor dicho,
si algo predomina en este lugar es el color rojo. Paredes rojas, sillas rojas,
pinturas donde predomina el color rojo. Parece que eso la atrajo a presentarse
a la misma oferta de trabajo que yo, en este espacio cultural que abrió en
2006. A mí me daba igual el rojo porque lo consideraba como un color más, pero ella
estaba fascinada.
Uno de los candidatos
sale de la oficina y llaman a Aldana para que ingrese. Justo está nerviosa por
temor a equivocarse al tratar de responder a las preguntas o no decir lo adecuado,
pero al mismo tiempo la veo muy optimista. Si bien es mi “rival” en ésto, no
puedo evitar mostrarle buenas vibras; no soy malo, aunque a veces la dejo
picando cuando peleamos por lo mismo.
–¡Mucha suerte en tu
entrevista Aldu! Seguro saldrá todo bien. Que gane el mejor.
–¿Crees que necesito
suerte, Tomi? –Me dice–. ¿Con todo lo que hice para llegar hasta acá y todo lo
que busqué para tener la oportunidad de conseguir este trabajo? Pues sí,
necesito mucha suerte y un tranquilizante porque ando con mucho miedo, al igual
que vos.
–¿Yo nervioso? –Le
respondo–. ¿Crees que lo estoy con las posibilidades que tengo de conseguir el
trabajo? Pues sí, lo estoy. Ya me estuve imaginado todos los tipos de
respuestas negativas que podría recibir de parte de ellos.
Aldana no me responde
y se va caminando lentamente a la oficina. Medio optimista y medio pesimista. Supongo
que tendrá los mismos nervios e iguales dudas que yo sobre si cumplimos con lo
que pretenden.
En este punto, y
gracias a una mala pasada de mis nervios y mi imaginación, resuenan en mi cabeza
las posibles respuestas que puedan llegar a darme los responsables del museo:
“Lamentablemente no cumples con los requisitos de la oferta de trabajo”; “solo
por unas cuantas cosas consideramos que tenemos que buscar a otra persona”;
“cumplís con los requisitos, pero encontramos a alguien mejor”; “el puesto ya
está ocupado, lo sentimos”; o “bueno muchas gracias, cualquier cosa te
llamaremos” y no me llaman. Me da miedo escuchar cualquiera de esas frases y,
por consecuencia, no lograr tener el trabajo que quiero. No me gustaría que
ella se quede con el empleo que vine buscando.
Mientras tanto,
esperando a que se de la oportunidad de que me entrevisten, empiezo a ver todas
las pinturas que se encuentran en el lugar. Algunas parecen ser hiperrealistas,
otras expresionistas e incluso había abstractas. Éstas últimas siempre me han llamado
la atención porque son curiosas, demasiado simples y me hacen acordar a otras
pinturas que vi en mi adolescencia. Te estimulan a pensar muchas cosas y dejan
abierta la imaginación a la hora de opinar.
A raíz de todo lo
sucedido, llega a mi mente el recuerdo de una visita al Museo Nacional de
Bellas Artes en la ciudad de Buenos Aires, que hice hace unos años junto a mis
compañeras y compañeros de estudio de Cuarto año de secundaria (entre las
personas del grupo estaba Aldu). Y una de las paradas prolongadas que hicimos
en los pasillos fue para ver la obra de arte “Light red over dark red” de Mark
Rothko, un pintor nacido en lo que hoy se conoce como Letonia. Es una pintura
simple, justamente abstracta, en la que uno puede observar diferentes cosas:
una puerta, una ventana, unos ojos, etc.; todo sobre distintas tonalidades de
rojos y algún negro (o marrón). Me acuerdo que Aldana había quedado fascinada.
–Mira esa pintura
–dijo ella–. Con solo unos pincelazos podés hacer una obra de arte con la que
una persona termina teniendo millones de dudas.
–Es cierto
–respondí–. Puede ser un montón de cosas. Algo turbio, algo inocente o lo que
sea, pero llama la atención. Siempre me interesaron las pinturas que llaman la
atención.
–¡¡¡A mí también!!!
–exclamó.
–¿Y si el autor quiso
mostrar un miedo que tenía o alguno de sus miedos más profundos? –me pregunté.
–Todo puede ser
–expresó.
De golpe se corta el
recuerdo y sale «la dama colorada» con cara de desorientada, pero de
esas caras que se hacen al titubear sobre si es correcto lo que estamos llevando
a cabo. Es como si estuviera dudando si hizo bien en presentarse o no.
–¿Qué tal te fue? ¿La
entrevista fue fácil?
–Sí, que se yo –respondió–.
Capaz no era lo que esperaba en preguntas, pero sí se acercaba al tema del
arte, que por eso vine. Creo que dije lo que querían escuchar.
–¿Creo? –dudé–. No te
noto tan segura respecto a que hayas hecho lo que esperabas…
Se quedó en silencio
como si realmente hubiese cometido un error, pero tal vez sea por los nervios,
algo que le puede pasar a cualquiera. Sé que es muy insegura cuando se trata de
exámenes, encuestas o cuestionarios; y probablemente es por eso que está como
está en estos momentos. Por lo visto, no ha cambiado durante estos años que
pasaron desde que nos graduamos de la escuela secundaria.
De repente me llaman.
Me pongo un poco pálido y siento que me quedo sordo, como que no puedo escuchar
nada más a mi alrededor. En mi mente se repite la voz de la persona que estaba
en la puerta de la oficina y nada más, por lo que procedo a caminar hacia el
lugar y lo último que atino a hacer fue un gesto de “nos vemos” a Aldu con una
cara de miedo total. Entro y me sigo enfocando en ella. Su vestido fue lo
último que vi, el momento exacto en que el rojo se disolvía en el negro.
Comentarios
Publicar un comentario