El misterio del asesino de negro
Era una tarde como las de
siempre, tipo 18:00 y aún se veían los rayos del sol atrás del galpón de mi tío.
Siempre a esta hora, mi mascota Alejo, un perro negro de 10 años, y yo nos
íbamos de vuelta para casa luego de un largo día de trabajo, ya que él siempre
me acompaña; pero ese día pasó algo raro.
Justo cuando estaba
cerrando, se acerca mi primo Jaime, al que le apodan “enano” porque es de baja estatura.
Lo veía con una cara de preocupado, algo muy anormal en él. Estaba más tenso
que de costumbre y miraba para todos lados.
–¿Qué te pasa? –Le
pregunté.
–Es Tito –respondió con
una voz nerviosa–. Lo mataron.
Inmediatamente salimos
corriendo a la escena del crimen, una zona tipo descampado ubicada a unas
cuadras y llena de pastizales. Allí lo encontramos en el baúl de un auto, semidesnudo,
degollado y con un cuchillo afilado clavado en su pecho.
–Aléjense de acá por
favor –Nos gritó el policía–. ¡Qué nadie contamine las pruebas!
–Pará flaco –le
respondí–. Ni que fuéramos delincuentes.
La forma como lo
encontraron y las heridas que tenía, nos hacía pensar que lo asesinaron sin piedad.
Además no llevaba puesto su reloj antiguo en el brazo, se lo habían robado, y
había una nota mafiosa en su boca.
El mensaje del papel decía
lo siguiente: “Eso te pasa por meterte en asuntos donde no debiste estar. Ahora
estás junto a otras lacras parecidas a vos”.
Nos encontrábamos
conmocionados. No entendíamos nada. ¿Qué fue lo que hizo? ¿Por qué? ¿Se metió
en algo turbio? ¿Era consciente de lo que hacía?
Tuvimos que retirarnos
del lugar y fuimos a casa, ya no había más que hacer. Se había ido uno más de
los nuestros, un fiel amigo que estaba siempre para ayudar y protegía el barrio
para que no se metiera ninguna otra banda a “coparnos la parada”.
Al llegar a mi hogar,
noté que la puerta estaba medio abierta. Además escuché ruidos, por lo que me
puse en alerta y saqué mí arma.
–¡Cuidado! –Le dije a
Jaime–. Parece que hay quilombo en casa.
Entramos lentamente,
apuntando hacia adentro, y encontramos el cuerpo de mi hermana policía, atado, ensangrentado
y degollado con un espejo roto. Yo estaba completamente helado y no entendía nada.
De repente encontramos otra nota, que decía: “Ni la yuta se salva. A la gente
que traiciona, con plomo se la elimina; y a la mascota también”.
–Primero Tito y ahora mi
hermana –balbuceé mientras rompí en llanto–. Justo los dos que se amaban tanto.
Preguntamos a los vecinos
si habían visto algo anormal en las últimas horas, todos apuntaron a lo mismo: Vimos
a una persona vestida de negro, que vino en un auto negro medio destartalado, sin
patente. Paró el auto, salió corriendo y unos minutos después entró al auto de
nuevo y se fue a alta velocidad.
Durante los cuatro meses
posteriores se investigó quién pudo haber sido. Se plantearon varias hipótesis respecto
a terceros en discordia, negocios oscuros e incluso guerra de bandas; pero no
hubo novedades de nada. ¿Será que algún día sabremos quiénes fueron e o los
responsables de los crímenes?
Entonces recordé que le
había pedido a Tito que averiguara sobre el proveedor de mí jefe, un escalofrío
corrió sobre mí espalda y de pronto mí perro empezó a ladrar.
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